Opinión

ADORACIÓN AL SANTÍSIMO SACRAMENTO

El objeto central del culto cristiano es Dios, uno y trino. El culto a Dios se llama latréutico, término que viene de la palabra griega latría y significa adoración. El culto supremo de adoración sólo puede tributarse a Dios. La vida del cristiano es toda ella un culto espiritual ofrecido a Dios de alabanza y adoración. Ante la grandiosidad de Dios, el hombre acepta de buen grado lo que es: Pequeño, sí por su condición de ser contingente; pero no exento de cierta grandeza, por haber sido creado a imagen y semejanza de Dios. (Gen 1, 26-27, supra nn 1-2). Pero, lo que al místico y al santo le deslumbra y encandila es el esplendor divino. Dicho esplendor, integrado por la esencia de Dios y por lo que nosotros llamamos perfecciones divinas, es lo que constituye la gloria objetiva de Dios, a la que corresponde la subjetiva. Que, según san Ambrosio y santo Tomás de Aquino, es el conocimiento claro, por parte de la inteligencia, de lo que Dios es, junto con la alabanza sincera, por parte del corazón.

A veces hacemos de la vida espiritual algo muy complejo y necesitamos reencontrar la sencillez en la relación con Dios y en la manera de vivir. La vida cristiana no está basada en la fuerza, sino, sobre todo, en la gracia. Una vida cristiana, como corresponde a un cofrade, debe estar basada en la sencillez y en la confianza en Dios. Tenemos la necesidad de procurar un encuentro real con Dios; las personas no debemos contentarnos con una vida cristiana a medias, tenemos la imperiosa necesidad de encontrarnos con una realidad viva: Jesús en la Eucaristía. Para ello, nuestro deber es volver a la fuente: ayudar a nuestros hermanos a tener un encuentro personal con Dios. Tras esta experiencia, es más fácil averiguar la manera de dar respuesta a los desafíos que tenemos actualmente, profundizar en las verdades de la fe, ofrecer una antropología cristiana y lograr que la Iglesia se renueve.  

Son tareas enormes que exceden nuestras fuerzas y, además, los éxitos no son inmediatos, pero contamos con la promesa de Dios, así que tenemos que seguir adelante. Nuestros Amantísimos Titulares cuentan con nuestra responsabilidad y fidelidad.

En esos contactos de oración y adoración con Jesús Eucaristía, descubrimos la necesidad que tenemos de convertirnos, del cambio de corazón, porque Dios nos muestra su misericordia, y nos descubre lo que necesitamos cambiar en nuestra vida: el orgullo, la dureza de corazón, nuestros pecados, el apego a este mundo, y lo más trágico, hemos perdido la noción del pecado, sufrimos la carencia de sensibilidad para reconocer nuestras faltas de amor.

¿Será en esta Cuaresma cuando demos un paso al frente, abrazándonos a nuestro Abrazado a la Cruz, y demos una gran alegría a nuestra Madre de la Amargura?

Lo más importante es ser fiel a la oración, a veces resulta fácil, otras, es más difícil, pero lo importante es no desistir. Hay muchos caminos, pero se trata siempre de tener la actitud humilde de saber que el Señor nos quiere en su presencia, y al mismo tiempo el Espíritu Santo nos enseña a rezar.

La santidad del siglo XXI va a ser la santidad de los laicos y de las familias. Necesitamos santos sacerdotes y consagrados, pero creo que el Espíritu Santo quiere hoy impulsar la santidad de los laicos, porque es lo que el mundo necesita. Hay muchos lugares a donde un sacerdote no puede ir, pero un laico sí. Ahí tenemos otro reto como Hermandad. 

La santidad no consiste en la perfección absoluta ni en adquirir unas capacidades superiores.  La santidad es la capacidad de recibir todo el amor de Dios y compartirlo. Es ser capaz de amar como Dios ama: Con fidelidad, pureza y generosidad. El secreto de la santidad es lo que decía santa Teresita: Dejar que la gracia de Dios actúe en nuestra vida. Es un don que tenemos que recibir, no un logro que tenemos que alcanzar. El secreto es descubrir las actitudes que nos hacen receptivos al amor de Dios y los medios que nos permiten encontrar esta gracia.   

La FE es el diálogo de Dios con el hombre, y la Oración es la “Fe hablante” Si el cristianismo se define como una revelación, en la cual Dios se manifiesta y habla con el hombre, éste necesariamente, debe responderle.  En este sentido, la Oración es la respuesta del hombre a la llamada de Dios.      

Fue el teólogo alemán, Karl Rahner, el que predijo que. en el año 2001 o seríamos contemplativos o no seríamos nada. De aquí deducimos, que los mejores cristianos serán místicos, o que los místicos serán los mejores cristianos.

La Adoración al Santísimo Sacramento es un signo distintivo de la fe, porque es signo de la presencia del Hijo de Dios entre nosotros, que vino de la carne y nos salvó del pecado. Contemplar esto, supone entrar en la dimensión primera de la fe, con el asombro ante un don tan inmenso. Todos estamos llamados a comprender y vivir que la Adoración eucarística, es prolongación de la Santa Misa y que, mirando al Señor cara a cara, y dejándonos mirar por Él, podemos encontrar el sentido profundo de nuestra vida, y orientar de la mejor forma el servicio a nuestra querida Hermandad.

Adorar es gozar en el amor de la persona amada, consciente de que ese amor es el que da significado, sentido y contenido a nuestra vida.  Adorar es postrarse y decir, creo, amo y espero, es pregusto de Cielo. A veces se nos olvida el inconmensurable don de la Sagrada Eucaristía. ¡¡Dios merece mucha más adoración y gratitud por este don de amor!! Sólo quien ama a Dios con todo su ser, es consciente de ser amado por Él.

En la vida cristiana, la que anima a nuestra querida Hermandad, no nos basta con saber, porque sin salir de uno mismo, sin encontrar, sin adorar, no se conoce a Dios. La teología y la eficiencia pastoral valen poco o nada, si no se doblan las rodillas ante el Santísimo Sacramento, consumiendo nuestro tiempo en largos ratos de oración y silencio. El hombre cuando no adora a Dios, está orientado a adorar su propio yo. Adorar es poner al Señor en el centro, para no estar centrados en nosotros mismos.

Al adorar, descubrimos que la vida cristiana es una hermosa historia de amor con Dios. Adorar es

hacerse pequeño en presencia del Altísimo y reconocer ante Él, que la grandeza de nuestra existencia no consiste en tener, sino en amar. Adorando llegamos a la conclusión de que para rezar basta con decir: <<! ¡Señor mío y Dios mío! >> (Jn 20, 28), y dejarnos llenar de su ternura.  

La Eucaristía no es sólo un altísimo misterio, sino que como dice la Sagrada Liturgia es el Misterio de la Fe, es la Presencia Real de Cristo, es el centro, raíz y culmen de la vida de la Iglesia. En definitiva, la Eucaristía construye la Iglesia. 

Por la Adoración reconocemos a Dios en sí mismo como es, en su grandeza y en su amor. Dios escondido tras los accidentes o especies sacramentales del pan y del vino. Escondido para que le descubramos con nuestro amor.

La Adoración Eucarística ha cambiado la vida a miles de personas, porque es donde Dios está de verdad.

Rafael Aguilar García